
Un valle verde, demasiado extenso.
Un cuerpo, demasiado pesado.
Un hombre, tratando de despertar de un horrible sueño.
Aroma a edo.
El hombre, pesado, trata de levantarse.
Toca su rostro, arcilloso, entre lágrimas y tierra.
El cielo claro. Sin nubes y sin sol dibuja el ocaso pronto a entrar en la noche.
El hombre inhala hondo, tratando de acaparar al todo y sentir paz.
No sabe donde se encuentra, como llego allí o que lo espera.
No hay recuerdos.
Cae la noche y el cuerpo pierde el peso, tan liviano como una pluma se levanta para mirar a su alrededor.
En la inmensidad de la noche descubre colores lúgubres.
El viajero, que ya no es hombre, que ya no es cuerpo, divisa algo que parece un árbol.
Se mueve, pero el valle ya no fértil. Rocas, granito, cantil y risco son su camino.
Un colosal rojo, anaranjado, amarillo y ocre en el todo lo acompañan hasta destino.
El árbol esta petrificado. Las ramas, también estupefactas y sin vida tienen el fruto de las imágenes.
Pequeñas pantallas redondas cuelgan como manzanas.
El viajero observa, su rostro se transforma, se desfigura, se asusta.
Toma un fruto y se ve a si mismo.
Como hombre, como cuerpo, como masa. Se ve enfermo, viejo, solitario.
Observa nuevamente el espacio donde se encuentra.
El miedo desaparece, camina nuevamente, hacia una puerta que ve en la nada.
El cerrojo es un rostro donde en su frente tiene dos ojos y esos ojos tienen otra frente con dos ojos más, la boca abierta como en un grito.
Cruza la puerta, al otro lado arena.
No siente calor, oye un silbido leve de viento, tenue, ligero.
Mira una de sus manos que ahora es una garra.
Mira hacia abajo y su cuerpo humano ya no esta.
¿Es una bestia?
La piel esta recubierta de pelo rojo y negro.
El asombro hace que su instinto (que no ha perdido) lo lleve a buscar algún tipo de reflejo.
El lugar donde se encuentra es húmedo, como una selva, árboles gigantes con ramas caídas, el suelo color miel, el aroma cálido, vegetación frondosa.
Encuentra un río, sube a una piedra y se observa.
Una extraña conmoción se apodera de él y entiende todo.
Su traje espacial ha cambiado de forma.
El viajero cierra los ojos y se deja llevar al nuevo mundo, a algo nuevo como él, una nueva vida.
Fluye como viento.
Ya sabe que tiene muchos caminos por recorrer.
Dedicado a Ariel, por estos años de lindas charlas.